1.
Hace bastante que quiero despacharme con esto. Desde el vamos vale aclarar que no saber de fútbol en los términos comúnmente entendido por quienes memorizan estadísticas, formaciones históricas y fechas no me inhabilita para poder decir abiertamente mi verdad. Así que, como verdad subjetiva, lo que yo diga es irrebatible. Caeré en una cruda postura antipopular y todo tendrá un halo derrotista que poco me importará disimular ya que no pretendo escaparme de lo que criticaré.
La cosa es básicamente así: desde que tengo memoria sé que a nivel futbolístico Brasil es Brasil y por ende es un contrincante a temer. No un contrincante a respetar: un contrincante a temer, porque si los enfrentás con todo su axé cargado, te meten 5 a puro jogo bonito. Cuando están a pleno son uma beleza, pura samba. Entonces cuando nos toca ganarles -porque "nos toca", como cuando en el truco se reparten las cartas y "te toca" una buena mano-, el sentimiento presente es el de venganza, la saña frente a quien siempre se comporta injustamente (por ser tan diestro) y nos hace padecer la "injusticia" de sacar goles de la galera, como hizo con toda simpleza Elano cuando contestó el primer y único tanto argentino con ese tercer gol brasilero. Una respuesta al festejado gol argentino, sin veganza, una respuesta automática que buscó volver a poner todo en su orden natural.
2.
Acá hay una cuestión que pasa por el Ser, por la esencia. Cuando en el 2006 Brasil quedó afuera del mundial frente a Francia y tuvo un período no tan brillante, a nadie se le ocurrió pensar que Brasil era -como una cualidad que le fuera propia- un mal equipo. Todo el mundo acordó en que simplemente no estaba pasando por un buen momento, porque la selección brasilera es otra cosa distinta a lo que reflejaban los resultados. Con Argentina, en cambio, la sensación es que independientemente de los resultados somos un equipo guerrero que suele ganar pero de vez en cuando no. Algo sencillo, humilde. Ser guerreros, dar batalla, no implica sólo poner huevos -en dialecto futbolístico- sino que además implica un plus de sufrimiento que está siempre presente y se refiere, de forma implícita, a una asimetría en donde nuestra querida selección albiceleste SIEMPRE quedará por debajo. Es lógico: para poner huevos la cosa tiene que estar lo suficientemente jodida como para que sea necesario dar lo mejor de sí. El resultado puede ser favorable para nosotros, de hecho eso es lo que se espera, pero la asimetría en contra tiene que estar siempre. El elemento que nos pesará en contra siempre es una "injusticia": o el referí está comprado y/o arbitra favoreciendo al contrario, o cobardemente nos lesionan al jugador estrella, o la pelota que no dobla, o algo similar que casi siempre tendrá que ver con esto de la justicia/injusticia y con quien sea juez dentro de la cancha. Las conspiraciones siempre están del lado del más fuerte y nosotros, los débiles pero con garra, intentaremos salir victoriosos. Siempre somos David y en la otra mitad de la cancha estará Goliat.
3.
Hubo un David futbolístico, a partir de él es que fuimos armándonos todos. Un verdadero David: David Armando Maradona. Conocido también como Diego, Diegote. Sí, ese mismo. El corchito de Fiorito que a los poderosos reta y ataca a los más villanos sin más armas en la mano que un diez en la camiseta, como cantan Los Piojos. Tuvo, tuvimos y tenemos muchos enemigos. Los Goliat fueron los Havelanges, los ingleses, ahora los Blatters y el perrito mascota del mundial del 94, cerbero encargado de custodiar las puertas del inframundo de la FIFA. El Diego lo reconoció tras la máscara de enfermera rubia que, tomándolo con su delicado brazo pero clavando sus dientes de antidoping, lo puso afuera de la copa del mundo. Toda la historia del Diego tiene esa mística de David y en su figura podremos siempre ampararnos para decir que, pese a todo, somos uno de los mejores equipos del mundo; que esa es nuestra verdadera esencia. Nuestra esencia futbolistica se basa en ese cuentito de Dieguín y Goliat. El paroxismo de esta identidad que es heroica, maradoniana y sufriente a la vez, es el fantasear el resultado de una final de un Mundial contra Brasil (o, en menor escala, Inglaterra, Alemania, Italia, etc): siempre es un 2 a 1 argentino sobre la hora, con abrazo y llanto de todos los davidcitos. Hablo de Brasil y Maradona porque en un punto estos se conectan. Diego tiene un hermano mayor que se dejó llevar, como Anakin, por el lado oscuro. Ese hermano es Pelé y todos sus logros se verán siempre opacados por su apoyo al status quo futbolístico, aunque nunca entendamos muy bien -me incluyo- qué quiere decir eso. Con esta adjudicación de maldad es imposible que alguien le quite el puesto de número uno a nuestro 10. Maradona no, nunca se vendió, aunque tampoco sepamos muy bien qué quiere decir eso.
4.
La historieta del débil venciendo al despiadado poderoso es muy linda pero encierra una durísima verdad identitaria: para que exista un David, para que sea quien es, es necesario que exista un Goliat. Sin Goliat, David no es valiente, ni heroico, ni nada. Esa es la semilla de la tragedia: para que Argentina sea futbolísticamente Argentina tenemos que sufrir siempre porque nuestro goce pasa por ese lado. Basta mirar cómo juega la selección: para tener chances de ganar un partido siempre tenemos que empezar haciendo gol nosotros, así en el segundo tiempo tiramos todo el equipo atrás y nos cagan a pelotazos hasta que suena el puto silbato que, como el referí está comprado, tardará años en sonar. Necesitamos terminar sufriendo porque en la anatomía futbolística argentina los testículos siempre están en la faringe, está en nuestros genes que así sea.
5.
¡Que ahora vengan a echarle la culpa a Maradona por los resultados de Argentina es totalmente canalla! El gordo está haciendo lo que siempre hizo: estar en boca de todos, sea por algo bueno o por algo malo. Maradona es Director Técnico de la misma forma en que, si se lo propusieran, sería Ministro de Economía. Él es un mito en onda siempre expansiva y pretenderá destacarse en lo que sea, lo que agarre buscará hacerlo propio. Maradona no es un jugador de fútbol, Maradona es Maradona. Que alguien acuse al Diego de soberbio cuando él es la piedra fundante de la identidad futbolística es inadmisible ¡Siempre se lo obligo a que él sea sinónimo de fútbol argentino!, ¿cómo culparlo por creerse una institución? Mi Comandante en Jefe Diego Armando Maradona puede hacer lo que se le ocurra porque él es dador de sentido. Si dice que en la selección no vale ningún jugador salvo uno o dos, está muy bien. Si dice -porque lo dijo- que Messi juega para sí mismo, también es acertado. También puede amar a Riquelme y pelearse con él porque no resulta contradictorio. Esas son todas cosas accesorias que no hacen a la esencia, a lo importante. El Diego puede decir lo que quiera de la misma manera que en un mito el héroe tuvo un hijo o una hija, o mata cinco enemigos o mil, y por el mismo motivo cerbero puede tener tres cabezas o una cabeza de enfermera yanqui. Y por eso mismo Maradona, con sus tatuajes del Che y de Fidel, puede repudiar el imperialismo yanqui pero festejar al lado del turco en los noventa. Como diría Minguito Tinguitela: se igual. Acá lo que importa es la forma, no el contenido, y hablar de la forma es hablar de la función. La esencia del bueno y heroico débil es lo que posibilita que cualquier resultado en el marcador esté justificado. No llegar a octavos de final en el 2002 con actuaciones tristes frente a Nigeria e Inglaterra jamás hará que nadie se pregunte si algo andaba mal (hasta que Suecia nos liquidó, a nadie se le ocurrió pensar que ese desenlace era bastante esperable) sino que servirá para armar otros enemigos. En el caso del Mundial en Corea-Japón, el monstruo fue denominado "El grupo de la muerte". Listo, podemos quedar afuera tranquilos porque fuimos heroicos frente a este trágico destino que nos tocó por azar -¿por azar? mmm...la FIFA no nos quiere- y nada tuvo que ver que Bielsa se manejara con los cambios como si jugara al Winning Eleven.
6.
Si llegamos al mundial 2010 y quedamos afuera en octavos con -por ejemplo- Holanda, ya podremos dormir tranquilos con nuestro gastado peluche de David. Pero si no llegáramos a clasificar, dios mío, ¿a quién le echaremos la culpa?, ¿al diego? eso sería imposible porque Maradona es Maradona y eso nos mete en un terrible quilombo porque no sabremos bien a quién echarle la culpa. Él es nosotros.
7.
El goce de David frente a Goliat, como goce, está muy lindo. El tema está en que condiciona bastante. Todos los festejos son festejos que no dejan de tener cierto sabor amargo por la mala sangre de noventa sufridísimos minutos.
Si hablé de Brasil fue porque Brasil, para ser lo que es, no necesita de ningún Goliat. La selección verdeamarela sale a la cancha, disfruta del juego y con toda naturalidad gambetea, demuestra destreza y mete muchos goles. El disfrute está en la naturalidad, en la libertad con que se permiten meter la cantidad de goles que quieran y armar el juego de la manera que sea. Si yo estuviera al frente de ese equipo en lugar de Dunga, mi única indicación sería "bueno, muchachos, salgan a la cancha a divertirse". Porque eso mismo es lo que hacen ellos y lo hacen muy bien. Nosotros, en cambio, parecemos salidos de las inferiores de un equipo del Vaticano con Benedicto XVI como DT. Somos los buenos, los sufrientes buenos, y por ello muy medidos. El balance será casi siempre positivo. Frugal pero positivo y jamás estaremos exentos de la culpa porque somos, como diría Freud, los que fracasan al triunfar. Habrá que encontrarle la vuelta identitaria para ser los que triunfan triunfando.